La música es un hecho social

Reseña hecha por Beatriz González de enpaiszeta.com sobre la charla: “La música como expresión en tiempos de crisis”, realizada el sábado 22.11.2015 en la librería Lugar Común.
Caracas, 21 de noviembre. Tres de la tarde. Podría parecer que no sucede nada pero en el pequeño espacio de la Librería Lugar Común, en Altamira, comienza a congregarse un grupo de gente. Me acerco -haciéndome la ‘curiosa’- y pregunto qué ofrecen hoy. El dependiente me dice “La música como expresión en tiempos de crisis”, un foro que mezcla la libertad de expresión con el arte. Agradezco la información y procedo a mezclarme con los presentes. Un público variopinto. Señores de más de 40, chamos de bachillerato, estudiantes universitarios. Uno que otro niñito intranquilo con su mamá. Con el título podría llegar a pensar que me encontraría con un grupo de jóvenes rockeros, punketos y ”anarquistas”, pero no. Ellos -los ”raros”- son los menos.
Poco a poco empiezan a llegar los ponentes. Rafael Uzcátegui, con sus dreadlocks, Coordinador General de Provea. Melanio Escobar de Humano Derecho, con sus túneles y tatuajes. Fulvio Guarino (Zombies no) con su look de niño punk. Vincenzo Vitulli, parte del colectivo Melancólicos Anónimos, con su franela de Grateful Dead, Ignacio Carrasquero (Acantus Music) con su esposa y su pequeña hija y por último Francisco Jugo, de Coyote, mirándolo todo desde sus lentes.
Viene lo típico, agradecimientos y presentaciones.
Ignacio es el moderador del encuentro. Arranca comentando qué es para él la música y porqué no puede ser indiferente. Por qué los músicos o los artistas no pueden vivir en una burbuja y declararse “apolíticos”. Nacho, como lo conocen en la movida artística, no se anda con medias tintas. Antes de cederle la palabra a Rafael Uzcátegui suelta la frase “no creo en artistas que viven con miedo o con bozal de arepa”.
Rafael es sociólogo. Se define así mismo como “punk”, lo que lo hace naturalmente antisistema, mas no reaccionario. En el 2014 fue elegido Coordinador General de Provea. Vive el lema de la organización no gubernamental como un mantra: Todos los derechos para todas las personas. Habla despacito, como masticando las palabras. Desde las cornetas de la librería su voz se proyecta. “La música es un hecho social”, afirma.
Se hace silencio.

Mira a la audiencia, expectante y prosigue. “La música es un hecho social que se basa en la comunicación de ideas, mensajes y en la conexión de las personas. La música expresa sentimientos o relata historias”, continúa. “En el país la música está en crisis, porque las relaciones entre nosotros están rotas por la polarización”. Uzcátegui comenta que la crisis se agudiza en la cultura producto de la falta de espacios y de momentos para las actividades lúdicas, pero afirma que, aún cuando el gobierno es partícipe de la misma, esta “crisis” es el resultado de la cultura del mínimo esfuerzo heredado de la renta petrolera.
“Nos acostumbramos a lo fácil, al dinero, a ser acomodaticios (…) esto permea a la música. Al arte. Y ahora que todo está tan difícil, nos habituamos a las condiciones precarias y nos volvimos aburridos”.
Silencio otra vez.
”¿Ustedes no están cansados de aburrirse en sus casas, en las noches, por miedo? Yo sí”. Los presentes asienten, unos envalentonados responden afirmativamente.
Uzcátegui dice: Pues esto es una responsabilidad nuestra, actuar en función de la construcción de espacios para distraernos, expresarnos, reunirnos. El público lo mira incrédulo, unos cuchichean como para dejar en claro que “todo depende de otros, que la culpa es de otros”.
Rafael continúa, “Perú tuvo una crisis grave, inflación de 1000%, un régimen dictatorial, el fantasma del terrorismo con Sendero Luminoso. Del terrorismo de estado, con Fujimori. Y ahí están. Surgiendo. Con una cultura y contra-cultura musical fuerte. Con una movida artística sólida. Ellos (los artistas, las bandas) se inventaron espacios no convencionales para poner sus mensajes.  Se levantaron a responder con su arte al sistema, a denunciar lo malo, a proponer soluciones y salidas”. El coordinador de Provea lo sabe, a veces no hay que mirar tan lejos de casa para hallar una respuesta. Un modelo a seguir. Una luz al final del túnel.
“Lima era un destino caro, peligroso y difícil. Y ahí están. Repuntando gracias a la crítica y al accionar de la sociedad civil, que arrancó empujada por las voces de protesta del arte. Para cambiar, solo es cuestión de actuar y HACER. Unirnos para hacer”.
Rafael culmina y comienzan los aplausos.
Le toca el turno a Melanio Escobar.
Melanio tiene más de 52 mil seguidores en Twitter y su labor se hizo “famosa” desde las guarimbas de febrero de 2014. Desde esa red y desinteresadamente, Escobar informó al país de los casos de detenciones arbitrarias, heridos, desapariciones forzosas durante las protestas. Uno a uno fue haciendo el parte de cada detenido, en 140 caracteres. Pero no se quedó allí. Trascendió la barrera del 2.0 o las redes para tener un sustento real. Ayudó y asistió a los juicios de los jóvenes y fundó junto a Rafael,“Humano Derecho”, un programa de radio por internet para dar a conocer las iniciativas de la gente que “construye país”.
De eso trata su intervención, de narrarnos con hechos que no hay más autoridad que uno mismo, que todos padecemos los mismos males, que la solidaridad y el trabajo conjunto parece ser la única alternativa “para inventarnos una vida”. 
Mientras la charla sucede, del otro lado de la ciudad, en el Oeste -así con mayúscula, a modo de muro, de ghetto, de línea divisoria- “Suena Caracas”. El Gobierno tiene desde el día anterior un festival de música con más de 35 artistas que durante una semana y en plena campaña electoral, tocarán ”gratis” (o subsidiado, qué más da el eufemismo) cortesía de la Alcaldía de Libertador, cuyo alcalde Jorge Rodríguez es “casualmente” el jefe del comando Bolívar-Chávez, el encargado principal que la campaña política para el 6D sea favorable para los candidatos del oficialismo.
En el Oeste, las calles suenan. Desde ayer hay un festival con artistas de corte internacional, de esos que cobran en dólares. Y de corte nacional, que también quieren “mangar” su tajadita. “Agarrar manquesea fallo”. Eso en un país cuyo índice inflacionario -que se conoce por meras suposiciones y fuentes extraoficiales, así como por el dolor del bolsillo de los ciudadanos de a pie- ronda el 200%. Mientras Gilberto Santa Rosa, Guaco, Nicky Jam o la Bersuit Bergarabat tocan en el festival, las universidades del país están al borde del cierre técnico. Mientras La Ley o Vicentico cantan, en lo que va de 2015 ha habido más de 6mil muertes violentas solo en Caracas, porque la delincuencia le gana la pelea día a día a los policías, que -sin recursos- están desamparados.
Caracas es, según estudios hechos por la Organización de Naciones Unidas, la quinta ciudad más peligrosa del mundo. Si ahora mismo buscas en Google “falta de libertades en Venezuela”obtienes 4.530.000 resultados. Algo así como la proyección poblacional de la capital del país si no hubiera una muerte violenta cada 40 minutos.
Escobar dice que el país suena a plomo. Es crítico y enfático. Micrófono en mano, fustiga: “Suena Caracas es un insulto a cualquier persona que viva en el país”. 
Procede a hablar de la escasez. Los asistentes asienten, algunos vociferan, estallan los aplausos. En el Este -con mayúscula, para separarlos de “los otros”, porque el régimen se vale de etiquetas, delimitaciones y revanchismo discursivo- la ciudad también suena. Se queja. Se aglomera en pequeños puntos de “seguridad”, garitas improvisadas de gente que quiere cambiar el estatus quo, pero que no sabe cómo y recurre a estos eventos para encontrar alguna fórmula.
¿Votar?
Votar es, en principio la respuesta, dice Escobar. Pero “es solo una cosa más, hay que construir país con iniciativas reales. Conectándonos. Armando proyectos. Haciendo”. 
Los músicos que, hasta ese momento, estaban observando procedieron a narrar sus experiencias. La censura, la autocensura, el miedo. La historia de la canción protesta, la falta de “cojones” de algunos grupos. El facilismo y la complacencia de una industria que, en otros gobiernos, era netamente contestataria, irreverente. Suenan nombres: Dermis Tatú, Desorden Público… La ausencia concreta de canción protesta, los ejemplos de fuera: ¿Molotov?, ¿Aterciopelados?, ¿Soda Stereo?, ¿Manu Chao?, ¿Café Tacuba? … más atrás Pablo Milanés, Charly García, Mercedes Sosa.
Fulvio Guarino de la banda Zombies No, critíca a sus colegas. A aquellos que “se prestan” para el show, que cobran pero desde sus butacas y sus redes sociales ”descosen” al régimen y de frente, se autocensuran.
Mientras hablan, yo reviso Twitter. ”Diez heridos por arma blanca durante el primer día de Suena Caracas”. Diez heridos y aún quedan seis días de festival. Horrorizada intento no hacer las matemáticas. Trago entero y agito la cabeza, como queriendo sacudirme el mal pensamiento. La maldita estadística.
No puedo.
Guarino insiste; “No podemos explicar ni tomarnos en serio la crisis del país cuando se gastan millones en un festival”. Calculo a vuelo de pájaro todo lo que podríamos hacer con el dinero del tinglado oficialista. Hospitales, escuelas…reparar vías. Alumbrar calles. Dotar a las policías. Miro a mi alrededor. La gente está indignada. Han de estar sacando cuentas como yo. Me obligo a prestar atención.
El integrante de Zombies No, prosigue su exposición: “la libertad no tiene color político ni fecha de expiración, somos libres cuando decidimos serlo. Actuar para serlo”.
¿Votar para serlo?
Francisco Jugo y Vincenzo Vitulli cierran la charla. El primero explica el peso que tiene la autocensura y el miedo a que “te frieguen la vida” y cómo muchas bandas se justifican en ello para quedarse callados. Narra cómo les han cerrado puertas pero que, rockeros al fin, son tercos y contestatarios.
Vincenzo culmina leyendo extractos del manifiesto de su banda, Melancólicos Anónimos, a modo de cierre:
“Insistiendo en nuestra intención original, y a causa de la escalada inflacionaria venezolana, los Melancólicos Anónimos decidimos soberanamente hacer uso de nuestra soberana voluntad y hacer un disco doble, intitulado Coca y Gasolina, haciendo honor no ya a nuestras primeras necesidades sino a nuestros principales productos nacionales(…)”
Me río. Me río como quien ríe para no llorar. Como el venezolano promedio que para sobrevivir a los embates de la crisis echa un chistecito en la cola eterna del supermercado o la farmacia. Coca y gasolina. Vuelve la angustia y me oprime entre el pecho y el pulmón izquierdo. Hace una semana en los noticieros del mundo informaron que Venezuela podría estar sumergida en una red importante de narcotráfico.
¡Qué horror! -pienso- ¡podríamos ser un narco-estado! ¿Cómo se lidia con eso?, ¿Qué futuro hay en un país donde las instituciones lo han perdido todo? Me obligo a enfocarme nuevamente, a no perder la fe, a no dejar que las noticias -por más alarmantes que sean- me nublen del momento “hay que unirnos para hacer uno nuevo país”. Vincenzo sigue leyendo.
“Que creemos en un mínimo de legalidad normativa necesaria, pero que entendemos que de ahí pa’rriba la cosa depende de usted (y, por ende, no hay Estado que deba meterse en ello)”.
El público intercambia miradas. Legalidad normativa en el país sin ley.
“Rock arrecho para un pueblo manso”, vocifera Vitulli.
Pueblo manso, repito en mi cabeza, ¡Ay, Alí Primera si supieras donde han parado tus temas no hubieras hecho tanta canción protesta!
Los presentes aplauden a rabiar. Se miran de nuevo, comienzan a hacer preguntas e interactuar. Por minutos todo parece posible. Parece -o quiero creer- que ya no somos:

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