Juderkis Aguilar, luchando por los derechos humanos con San Juan en el corazón y el canto



Jeanfreddy Rodríguez (El Cambur)

Genéticamente, el canto y la cercanía con la gente le llegaron desde El Tocuyo y Caracas. Su mamá, enfermera que no vislumbra la jubilación y líder vecinal de Los Frailes de Catia, se casó con un larense de la que nacieron dos niños y una niña. A diferencia de sus hermanos, Juderkis nació con el color costeño de su padre y abuelos paternos, lo que revela que le dio ventajas y le ha abierto puertas, como mujer negra. “Defiendo la negritud, lo que también me ha dado mamás y hermanos, aunque no sean de sangre”. En su corazón, que tiene también ancestros en Puerto Cabello, se anidó la devoción por San Juan Bautista, así como la alegre fanaticada familiar por los Leones del Caracas. “La celebración con mi familia siempre es como una discoteca con kareoke, salen las cornetas, el micrófono y todos cantamos”, revela, pero además, poseen una cofradía para el santo bautista.

Así se describe la responsable de Educación en el Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), una ONG que asistió como parte de la sociedad civil ante el examen de Derechos Económicos, Sociales y Culturales ante la Organización de Naciones Unidas en Ginebra. El presidente Nicolás Maduro ha señalado que son “bandidos” que “cobran miles de dólares para hablar mal del país”.

Juderkis Aguilar, aunque se graduó de TSU Informática, desarrolló desde la adolescencia una vocación ligada a su sensibilidad, así como al ejemplo comunitario que vio en su madre. “Ella siempre estaba dedicada a sus vecinos, a quien llama una extensión de la familia, organizando jornadas de vacunación, el Día del Niño y así”. A los 15 años, se unió a un grupo juvenil de la parroquia católica San José Obrero en Los Frailes de Catia para visitar y hacer acompañamiento en ancianatos y albergues de niños en situación de calle. Además, formó parte del equipo de voluntariado de la ONG Red de Apoyo por la Justicia y la Paz, “que ha desarrollado un amplio trabajo en materia de Derechos Humanos, especialmente los civiles y políticos”. Allí se dedicó a la promoción de los derechos de niños, niñas y adolescentes.


Al salir del liceo, decide profesionalizarse y se gradúa como TSU en Informática, lo que ahora parece extraño para todos quienes la conoce como defensora y activista de Derechos Humanos. “Siempre me mantuve pendiente de mi parroquia, con las actividades culturales en la comunidad. Así que tuve muchísimos trabajos y luego se dio la oportunidad de entrar como asistente en la Red de Apoyo, hasta que unos años más tarde, por falta de presupuesto, hubo reducción de personal y me tocó salir”.

El destino la acercaría más a su vocación. Apenas un mes más tarde entró como recepcionista a Provea, desde donde presenció los hechos del 11, 12 y 13 de abril. “Me fui retroalimentando del ambiente de la lucha de los Derechos Humanos. Muchos creen que como recepcionista no se hace mucho, pero yo era la cara visible de la organización, la primera que veían las víctimas que asistían ya como último recurso, cuando las instituciones nacionales ya no los habían atendido. Y era importante que se sintieran a gusto para ser atendidos y escuchados”.

Fue ascendiendo y luego entró al Programa de Exigibilidad, de nuevo como asistente. Ahora le tocaba el trato directo con las víctimas y la formación en derechos humanos. “Y sentí que quería hacer algo más, y empecé la carrera de Estudios Jurídicos en la Universidad Bolivariana de Venezuela, en la que ya estoy en el último semestre, así que este diciembre debería estar ya graduándome”. Escribe columnas de opinión sobre el reclamo de las víctimas de la tragedia de Vargas o una intoxicación química en el Hospital de La Ovallera, en Palo Negro, estado Aragua.

Su experiencia y preparación le siguió dando nuevas responsabilidades, y desde 2012 es la encargada del Programa de Educación de Provea, donde se especializa en capacitar a comunidades en la promoción y defensa de los Derechos Humanos, pero sigue atendiendo y acompañando casos. “Esto es más que un trabajo, es un tema de sensibilidad, que se convierte en parte de tu vida, a veces los domingos o las madrugadas, pendiente de resoluciones de Naciones Unidas, o como en este momento, de las audiencias”.

Afronta su labor como ardua, alejada algunas veces de la familia que tanto ama por los viajes y la dedicación que supera los horarios. “Algunas personas nos tildan como de extraterrestres, como si quisiéramos alguna acción violenta contra mi país, y este es un trabajo duro y difícil. Yo seguiré trabajando aunque para algunos somos como comeflor, porque creo que de verdad otro mundo es posible. Y no, no recibo dólares ni tengo una cuenta millonaria, sigo viviendo en Los Frailes de Catia, con mi cofradía, mis amigos y familiares, quienes me acompañan y escuchan cuando llego a casa”.

Juderkis no cocina mucho, pero canta bastante. Además de hacerlo en las reuniones familiares, lo hace en la Cofradía de San Juan Obrero, y colabora con actividades deportivas y culturales para la prevención del consumo de drogas y la violencia en su comunidad. “Me ayuda mi esposo, que lo conocí gracias a que también es sanjuanero. Él lava durante la semana y nos compartimos los quehaceres”, nos dice muy sonriente. “Los defensores de Derechos Humanos somos personas normales, con gustos, preferencias, que nos gusta disfrutar, es algo que siempre digo en los talleres que damos, somos humanos”.

Post original: http://www.elcambur.com.ve/ciudadania-2/juderkis-aguilar-luchando-por-los-derechos-humanos-con-san-juan-en-el-corazon-y-el-canto

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